Origen del alaskan malamute

Esta raza es originaria de Alaska y fueron perros que acompañaban grandes exploraciones. En CurioSfera-Animales.com, te explicamos el origen e historia de la raza Alaskan Malamute.

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Origen e historia de la raza Alaska malamute

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Para conocer la historia del alaskan malamute, debes saber que es originario del estado más septentrional de Estados Unidos, Alaska. Como bien queda reflejado en el nombre de la raza.

La segunda parte de su apelativo proviene de una tribu, los mahlemiuts, que usaban a estos perros para el transporte y el comercio. Les hacían recorrer grandes distancias y cruzar incluso el estrecho de Bering durante la época de las heladas invernales. Hasta llegar a la vecina Rusia, de la que durante siglos formaron parte.

En realidad, este tipo de perros deriva directamente de los canes que, hace varios miles de años, acompañaron a las tribus que cubrían la ruta entre Asia y Groenlandia. Cruzando el Ártico en la época de las grandes heladas. E incluso a bordo de primitivos barcos utilizados en las primeras y rudimentarias rutas comerciales.

Estas migraciones tuvieron como consecuencia directa el establecimiento de diferentes enclaves humanos a lo largo de toda la ruta. Y, dichas poblaciones se usaron como parada de descanso, como puerto comercial o, simplemente, como lugar elegido para vivir.

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En este ir y venir de los distintos grupos, las diferentes especies animales utilizadas para la vida doméstica experimentaron una evolución.

Así, las razas nórdicas que han llegado hasta nosotros muestran una gran variedad morfológica que hace difícil explicar que todas provengan de antiguos lobos árticos domesticados.

En el siglo XIX, en pleno auge de las exploraciones geográficas y cuando las grandes potencias culturales, económicas y políticas del mundo intentaban llegar hasta el último rincón inexplorado del planeta, para extender así sus dominios, el Polo Norte en particular y todo el Ártico en general se convirtieron en uno de los retos más anhelados para cualquier expedicionario.

Y la adaptación de los perros a un medio tan hostil era tan perfecta que desde el primer momento se convirtieron en objeto de interés por parte de aquellos que organizaban las expediciones polares.

Son muchas las referencias que estos primeros aventureros consignaron acerca de los perros usados por los mahlemiuts, que eran de mayor tamaño, más fuertes y más resistentes que otros animales existentes en la zona. Pero a la vez más dóciles y menos salvajes.

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Además, se distinguían por su tesón, su valor y su enorme capacidad de trabajo. Que los convertía en perros ideales para ser utilizados en el tiro de los pesados trineos cargados con el material de las expediciones.

No obstante, el tiro no fue la única ocupación de los alaskan malamutes, y es muy probable que tampoco fuera la primera. Ya que también se utilizaban para la caza, con unos resultados especialmente buenos en la de focas, aunque también participaban en la peligrosísima caza del oso polar, uno de los animales más fuertes y feroces del mundo.

En la caza de este último actuaban en grupo; primero acosaban al gigante blanco el tiempo que hiciera falta, a veces durante días, hasta conseguir que sus fuerzas flaquearan, y entonces lo atacaban entre todos o bien lo dejaban en manos del cazador.

A pesar del enorme aprecio que los mahlemiuts tenían por sus perros y del gran valor social que les otorgaban, hasta el punto de que el estatus de las familias se definía en función de la cantidad y calidad de sus alaskan malamutes, éstos no eran, en realidad, tratados como mascotas. La dureza de la vida en esas latitudes del mundo no dejaba demasiado espacio para el sentimentalismo.

los inicios del alaska malamute

Además de los exploradores, que se movían sobre todo por la gloria y el honor de llegar hasta donde nadie lo hubiera hecho antes, hubo otros pioneros que también pusieron sus ojos tanto en este can como en otros perros nórdicos.

Pero en este caso por motivos mucho menos altruistas.

Por ejemplo, a lo largo del siglo XIX en diferentes partes del mundo se produjo de manera cíclica un fenómeno conocido como la “fiebre del oro”. Desde tiempos prehistóricos este preciado metal se ha considerado como el referente supremo de la riqueza de las naciones y su hallazgo constituía la promesa de riqueza eterna para aquellos que lo encontraban.

Así, en agosto de 1896 un grupo de pioneros se dirigió al norte de Canadá. Siguiendo el curso del río Yukón hasta la desembocadura del Klondike, un pequeño afluente, fueron con el propósito inicial de encontrar un lugar idóneo para la pesca del salmón. Pero el grupo dio con una zona de depósitos aluviales de oro en un arroyo llamado Bonanza.

La noticia del hallazgo se extendió como la pólvora entre los numerosos campamentos mineros de la zona. Y en medio, de una situación de crisis financiera profunda, fueron miles los aventureros que quisieron llegar hasta la zona para encontrar su particular fortuna. Muchos de estos mineros de nuevo cuño no tenían ninguna experiencia y venían tan sólo acuciados por el hambre o la avaricia.

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Esta nueva situación provocó, por un lado, el desarrollo económico de una zona apenas poblada como era el norte de Canadá. Y, por el otro, la sucesión de unos años convulsos, repletos de gestas heroicas y de episodios lamentables casi a partes iguales.

Esta llamada “fiebre del oro”, que empezó en Canadá en 1896, se extendió en apenas un año hasta la vecina Alaska. Con ella creció como la espuma la demanda de todo tipo de perros de trineo, aptos para el transporte de mercancías, de víveres, de diferentes enseres y, cómo no, del preciado oro. De modo que los nativos canadienses y alaskeños encontraron un medio de hacer fortuna con la crianza y la venta de sus canes.

Esto tuvo como consecuencia que, en pocos años, las diferentes razas de perros originarias de las regiones polares se cruzaran tanto entre sí que al final se hizo casi imposible distinguirlas. Sólo el pueblo de los mahlemiuts, que vivía en los confines más remotos de la región, al quedar alejado de la codicia de los mineros, logró conservar puras las líneas de sangre de sus perros.

Las expediciones al Polo Norte, que se habían iniciado hacía mucho tiempo pero que durante años no habían conseguido llegar a buen fin, alcanzaron su punto álgido en la década de 1930. Fue entonces cuando los alaskan malamutes volvieron a demostrar su gran valía.

Los aventureros llegados desde la vieja Europa fueron los que, finalmente, hicieron la labor de grandes embajadores de esta raza ante el mundo. Alabaron que éstos habían sido los únicos animales capaces de transportarlos y de sobrevivir junto a ellos en condiciones absolutamente extremas.

En estos años de despegue popular de la raza se hicieron famosas dos líneas de cría muy marcadas. Una es la conocida como Kotzuebue, fruto del trabajo de Arthur Walden y de Milton y Eva Seeley, de New Hampshire. Quienes utilizaban para la cría a ejemplares de la zona de Norton Sound, Alaska.

La otra era la línea que más adelante se conoció como M’Loot, que fue establecida en su origen por la familia Voelker con perros traídos directamente de Alaska desde principios de siglo.

Algunos de estos perros de los Voelker fueron utilizados como animales auxiliares en las dos guerras mundiales y formaron parte de la segunda expedición del almirante Byrd a la Antártida en 1934.

La labor de estos primeros criadores de alaskan malamute serios y rigurosos, que aplicaron una metodología cinófila y científica a la cría, fue de gran magnitud. Incluso en la actualidad se utilizan los términos M’Loot y Kotzuebue para definir rasgos diferenciadores entre las líneas de sangre.

Los alaskan malamutes pronto se convirtieron en miembros esenciales de las distintas expediciones polares. Hasta el punto de que su participación se convirtió en una de las premisas imprescindibles exigidas por los organizadores de tan peligrosos viajes.

Algunos llegaron a establecer centros de cría en la región para garantizarse el abastecimiento de ejemplares seleccionados y entrenados adecuadamente. Por lo que la cría de perros de trineo se convirtió también en una importante fuente de ingresos para los habitantes de la zona.

El malamute, gracias a su fuerza y a su extraordinaria resistencia, se ganó el sobrenombre de “locomotora de las nieves”. Sus gestas fueron reseñadas por algunos de los autores de relatos de aventuras más conocidos de la época, como Rudyard Kipling y Jack London.

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