Esta raza originaria de Rusia, se utilizaba para la caza del lobo en la antigüedad, como buen perro lebrel. En CurioSfera-Animales.com, te explicamos el origen e historia de la raza Borzoi o Galgo ruso.

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Origen e historia de la raza Borzoi

Este perro de raza gigante del grupo de los lebreles ha acompañado a los nobles rusos en sus cacerías por las estepas durante al menos nueve siglos, pero sus orígenes son un poco oscuros y existen al respecto teorías para todos los gustos sobre su historia.

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Así, hay quien defiende que, como el resto de los lebreles, desciende de los perros que se criaban en el antiguo Egipto hace al menos 6.000 años. Mientras otros no se atreven a llevar esta afirmación tan lejos.

Y, aunque admiten que se trata de una raza muy antigua que apenas ha cambiado a lo largo de los siglos, postulan que deriva de los galgos persas saluki, que durante los siglos IX y X viajaron desde Bizancio hasta Rusia. Y, posteriormente, en el siglo XIII, fueron introducidos por los mongoles, que invadieron la zona desde el Este.

Sin embargo, estudios posteriores parecen indicar que el verdadero antecesor del borzoi desciende de un perro de similares características que poblaba desde hacía siglos la zona de Kirguistán, Kazajstán y las llanuras afganas.

Siguiendo las caravanas de la Ruta de la Seda, estas antiguas razas emigraron hacia el Sur, donde se originó el saluki. Y, hacia el Este, donde se formaron otras ramas de las que parece que desciende el actual borzoi.

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Otros candidatos al título de antecesor de esta raza son los perros cazadores de osos de la región. Los canes de los tártaros, el perro de pastor de las estepas rusas y otros tipos de lebreles antiguos.

De hecho, es muy probable que todos estos animales estén estrechamente emparentados. Y que delimitar la línea que separa a unos de los otros sea una tarea muy complicada, si no imposible.

Sin embargo, independientemente de cuál sea su origen concreto, lo que sí se sabe es que los nobles rusos del siglo XI ya habían adoptado como su favorito a este excelente corredor de manto suave, cuerpo fuerte y esbelto, magnífico porte y andares aristocráticos.

En este sentido existen algunos escritos franceses fechados a mediados de ese siglo en los que se describe la llegada a Francia de Ana de Kiev. Ésta, hija del príncipe Yaroslav I el Sabio y futura esposa de Enrique I de Francia, acompañada de tres galgos rusos. Y, otro datado alrededor de 1260, en el que se menciona ya la caza de la liebre con este gran perro en la corte del gran duque de Nóvgorod.

De hecho, el primer estándar de la raza también se escribió en época muy antigua, en concreto en el año 1650, y el animal allí descrito no difiere en exceso del galgo ruso actual.

En 1861, se popularizó en Rusia la caza del lobo utilizando borzois. Una actividad que alcanzó la categoría de deporte nacional de la aristocracia. El mismísimo gran duque Nicolás el Joven, nieto del zar Nicolás I de Rusia, fue uno de los criadores más importantes de esta raza a finales del siglo XIX. Solía tener en las perreras de palacio alrededor de un centenar de animales de esta raza.

Convertidas en acontecimiento social de primer orden en Rusia, las partidas para la caza del lobo contaban con más de un centenar de estos gigantescos perros.

Representaban a varios criadores, los cuales solían producir animales con un color específico para demostrar su procedencia, o para que los nobles distinguieran a unos animales de los otros fácilmente. Costumbre que también solían poner en práctica los criadores del galgo inglés en el Reino Unido.

De hecho, era habitual que también se unieran a aquellas partidas perros especializados en la caza del zorro.

Los aristócratas de diferentes procedencias aprovechaban estos acontecimientos para reunirse y disfrutar del ambiente y del espectáculo que, sin duda, proporcionaban los magníficos galgos rusos.

Cuando los cazadores divisaban un lobo o un zorro, lanzaban en pos del animal a un trío de borzois (normalmente un macho y dos hembras).

En el momento en que alcanzaban a su víctima hacían presa sobre su cuello con sus poderosas mandíbulas hasta abatirla. Y, la mantenían inmovilizada en el suelo a la espera de que el cazador llegara a caballo y le diera muerte, por lo general con un cuchillo.

Para elegir a los ejemplares más aptos para la caza, los aristócratas sometían a sus perros a duras pruebas y solo seleccionaban a los más fuertes, rápidos e inteligentes, los únicos a los se les permitía reproducirse.

Estas pruebas se organizaban cuidadosamente y a menudo podían prolongarse durante varios días, durante los cuales el suministro de alimento también corría a cargo de los canes, que se entretenían cazando liebres y presas de pequeño tamaño.

No obstante, con la caída de los zares y de la aristocracia rusa en 1918, esta raza antaño tan apreciada desapareció casi totalmente a manos de los revolucionarios, quienes la veían como un símbolo de la tiranía de los zares y de la Rusia Blanca, a la que querían destruir.

Por suerte, el animal logró sobrevivir en las zonas rurales, así como en otras naciones de Europa, como Inglaterra y también en Estados Unidos, país este último donde el borzoi está bastante difundido y es muy apreciado en nuestros días.

El primer ejemplar de la raza que llegó a Inglaterra fue el que el zar Alejandro II le regaló a la reina Victoria de Inglaterra ya en el siglo XIX. Y, curiosamente fue en dicho país donde en 1892 se creó el primer club del galgo ruso, siguiendo una propuesta de los duques de Newcastle para preservar y proteger el estándar de esta hermosa raza.

De hecho, éste es uno de los clubes caninos más antiguos del Reino Unido. Y precisamente de este país salió en 1889 el primer ejemplar en dirección a Estados Unidos, país en que la raza fue reconocida de forma oficial dos años después, pero donde hasta 1936 su nombre era el de cazalobos ruso.

En Rusia no fue hasta finales de la década de 1940 cuando un soldado soviético llamado Constantin Esmont realizó un detallado registro de los distintos tipos de galgos rusos que quedaban. Consiguió que el gobierno comunista diera el visto bueno para la recuperación de la raza, a pesar de su antigua vinculación con los zares.

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