Origen raza Galgo irlandés

El galgo irlandés o “Irish Wolfhound” es una raza muy antigua. Se pueden encontrar representaciones en la cultura egipcia, fenicia, griega y romana. Pero principalmente está ligada a la cultura y tradición irlandesa. En CurioSfera-Animales.com, te explicamos el origen e historia de la raza Galgo irlandés, el perro de raza más grande que existe.

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Origen del Galgo Irlandés

Los lebreles son uno de los grupos de razas caninas más nobles y antiguas entre las que han acompa­ñado al hombre en la caza. Prueba de ello, las representaciones que se han encontrado entre los vesti­gios de culturas tan antiguas como la egipcia, la sumeria, la fenicia, e incluso la griega y la romana.

Destacan, entre otros testimonios de estas culturas, las monedas fenicias con su figura o la carta que en el siglo IV escribió el cónsul Quinto Aurelio a su hermano Flaviano. Le agradecía el regalo de siete galgos irlandeses, los cuales se convirtieron desde su llegada en motivo de admiración y envidia por parte de las gentes de toda Roma.

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El origen del galgo irlandés está íntimamente ligada a la tradición y cultura de la tierra de donde procede. Ejemplo de ello, es la evidente presencia del actual galgo irlandés o de un antecesor muy directo en la mitología celta.

Según la leyenda, la banda o fian liderado por el guerrero Fionn Mac Cumhaill luchaba a pie, como un gran cuerpo de infantería, sin emplear carros ni caballos durante sus batallas y haciendo del cuerpo a cuerpo un sangriento arte de la guerra que atemorizaba a todos sus enemigos.

Estos hombres se hacían acompañar únicamente por grandes perros cubiertos de un pelaje espeso y áspero que intensificaban el pánico del enemigo.

Cada soldado podía tener dos perros adul­tos, un número que solía incrementarse conforme se ascendía en la escala militar. Pues bien, las le­yendas de la época aseguran que Fionn Mac Cumhaill llegó a poseer más de 300 galgos irlandeses sin contar los cachorros.

Junto a ésta, algunas de las leyendas más tradicionales y hermosas de Irlanda también hacen re­ferencia a este perro.

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Tal es el caso de la historia de Chulainn, que narra cómo un niño que al ir de visita a casa del herrero Culann mató a la perra que la guardaba. A raíz de ello, el joven se comprome­tió a hacer de perro guardián del herrero hasta que el cachorro de la perra muerta estuviera en condiciones de hacer su trabajo.

Otro de los grandes mitos celtas es el de Lewellyn, quien al llegar a casa después de una cacería y encontrarla revuelta y con grandes manchas de sangre, mató a su gran perro guardián Gelert, porque pensó que había devorado a su hijo.

Poco después descubrió que la sangre era en realidad de un lobo al que Gelert había matado para defender la vida del niño, que estaba sano y salvo. La historia narra cómo el gran jefe, héroe poderoso y aguerrido, se vio sumido en una gran tristeza al darse cuenta de su trágico error.

Como en los ejemplos anteriores, las leyendas que narran la vida y hazañas del rey Arturo también incluyen en algún momento la descripción de un perro de gran tamaño, fiero y veloz, que acompañaba a señores y guerreros. O los relatos del poeta Oisín, en los que se llega a nombrar minuciosamente a más de 600 perros, con sus hechos y dueños.

Pero no sólo la mitología celta se hizo eco de estos imponentes animales; la cultura vikinga también recogió con profusión la existencia de estos grandes galgos, a los que conoció en sus incursiones a Gran Bretaña e Irlanda.

Deslumbrados por la majestuosidad y el valor de esos animales, los vikingos se hi­cieron con algunos de ellos y los incorporaron a su propia cultura y tradición.

Es muy famosa la estatua de bronce de un galgo irlandés denominada «el perro de Lindney», que data del siglo IV.

También de esta época destaca una minuciosa descripción de este gran perro, por entonces muy utilizado para la guerra, y que algunos autores consideran como el esbozo de un primer estándar de la raza: «el cuello debe ser largo, redondo y flexible… nada más bello de ver que sus ojos, su cuerpo o su manto y su color… pechos anchos son mejor que estrechos, patas largas, fuertes cos­tillas, la grupa ancha y firme, no grasa, vientre recogido…».

Historia del Lebrel Irlandés

Del mismo modo que sucedió con otras razas, al principio el galgo irlandés era un lujo que sólo estaba al alcance de los nobles y de la realeza del país.

El número de galgos que una persona poseía era consecuencia directa de su estatus social, e incluso su posesión se incluía en los documentos he­reditarios, al considerarse parte fundamental del patrimonio de un noble.

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Durante siglos, los galgos irlandeses fueron el mejor regalo que se podía hacer a alguien para mos­trarle respeto y gratitud, y por ello muchos ejemplares salieron de la «isla verde» para pasar a manos de reyes y nobles de otros países que se relacionaban con Irlanda.

Su cotización era tal, que muchas crónicas y documentos equiparaban el valor del perro al del oro o las joyas.

Durante los siglos XVII y XVIII fue tan habitual regalar este perro a la realeza y la nobleza europeas que casi llegó a la extinción en su país de origen, por lo que en 1652 fue necesario promulgar una ley que prohibiera su exportación.

La raza, que había sufrido un fuerte retroceso en su país de origen a raíz de la desaparición de los lobos, vivió una época de recuperación en la segunda mitad del siglo XIX, al cruzarse con el dogo ale­mán y el galgo escocés para reforzar las características de los pocos ejemplares que quedaban. En 1885 se fundó el club de la raza y a partir de ahí su fama empezó a extenderse poco a poco por todo el mundo.

Entre algunos de los personajes más relevantes que recibieron estos perros como muestra de res­peto y cortesía figuran el gran mogol Nuruddin Salim Jahangir, el cardenal Richelieu o el sha de Persia.

Personajes de la fama de Ana Bolena, el rey Ricardo III de Inglaterra o Sissi, emperatriz de Austria, tuvieron también galgos irlandeses durante su vida y Sissi llegó a tener más de 200 en las perreras reales, casi todos ellos de manto muy claro; de hecho, puede verse a alguno de estos ejem­plares acompañando a la emperatriz en retratos de la época.

Para muchos autores, algunos totalmente ajenos al mundo de la cínofilia pero espectadores y tes­tigos de la belleza de esta raza, el galgo irlandés es el verdadero rey de los perros por su apariencia majestuosa, imponente y a la vez elegante, cuyo enorme tamaño podría haber superado en algún ejemplar el metro de altura a la cruz, casi como un ternero.

En la actualidad, existen galgos irlandeses en todo el planeta y las principales organizaciones de la cinofilia mundial reconocen la raza. A pesar de su éxito en exposiciones caninas, la población de galgos irlandeses a escala internacional sigue siendo reducida, en parte por su enorme tamaño.

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